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Parte Uno - Parte Dos - Parte Tres- Parte Cuatro“Llegará el momento en que podamos verlo todo. Hemos eliminado las distancias” Melquíades mostraba una gitana tridimensional a distancia, y dijo que las distancias desaparecerían. Y es justo lo que han hecho en la edad de la comunicación. Al final de El Aleph, Jorge Luis Borges afirma que “quizá el Aleph de la calle Garay era un falso Aleph”, y que quizá existen muchos otros. El autor refiere a una serie de hechos de historia alternativa con avistamientos de aquel punto donde todos los puntos convergen. Hoy en día, más de sesenta años después del punto donde transcurre la narración de El Aleph, la casa de Garay ya no existe, y el mismo Borges nos ha dejado. Y aún así, como lo decía él mismo, “nuestro siglo XX ha transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas ahora convergían sobre el moderno Mahoma” (Borges, 1982, p. 62) Hemos encontrado un nuevo Aleph, y cada Mahoma como nosotros es capaz, desde su pantalla, de re-escribir historia alternativa, de mirar hacia todos los puntos desde todos los puntos; de encontrarnos unos a otros desde una infinidad de ángulos. Borges murió ciego en 1986; demasiado temprano para conocer el Aleph que la humanidad ha creado para sí misma, y aún así, más de cuarenta años después de ser tan visionario como los oráculos a los que la visión absoluta del Aleph refiere. ¿Un rey del espacio infinito? El cuento comienza con un epígrafe de Hamlet. Shakespeare dice “Oh Dios; podría yo estar aprisionado en una nuez, y aún así ser un rey del espacio infinito” (Shakespeare, en Borges, 1982, p.59). Es indispensable detenernos a analizar más de cerca dicho epígrafe. No es simplemente por coincidencia que Borges inicie su narración con la referencia a la no espacialidad del espacio infinito que comprende el concepto básico del Aleph. La edad de la información nos ha llevado a un punto donde la espacialidad o no espacialidad de la información y la infraestructura que la provee resultan un punto muerto. Si bien es sinónimo de cierto status el tamaño de diversos receptores y receptáculos informativos, la información per se no resulta más que un flujo de electrones, intangible a menos de que el usuario tenga por locación los cálidos confines de una antena de microondas. Dichas pulsaciones sónicas o electrónicas, justo como el espacio infinito (o el no-espacio infinito) no tienen una manifestación tangible más allá de la transmisión de la riqueza que es la información. Esta información, pulsada por antenas alrededor del globo, forma un Aleph individual, un cúmulo de datos infinitamente accesible para cada ser humano. Si bien la infraestructura necesaria para acceder a dicha información sí existe físicamente, y es necesaria para convertir la misma en manifestaciones (lenguajes) legibles para la condición humana, la información en sí no tiene espacio qué ocupar. (p.74: “El diámetro del Aleph era de dos o tres centímetros, pero todo el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño”) Todos nosotros podríamos estar encerrados en cáscaras de nuez, y aún así ser reyes del espacio infinito. Sólo es necesario un hilo telefónico para acceder a toda la información del mundo desde todos los ángulos. “Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten” (Borges, 1982, p.73). En tal caso, el lenguaje para describir el Aleph, precisamente, es dicha información intangible, que es convertida a la tangibilidad por la infraestructura. Llevemos esta reflexión aún más lejos. La interacción humana toma lugar en puntos específicos del espacio. Cada humano que interactúa necesita estar en contacto directo, y utilizar su manifestación física, su cuerpo, para crear mensajes que son entendidos por su interlocutor, llevándose así a cabo el proceso de comunicación. Puede decirse que uno es su manifestación física. Uno no puede expresar lo que es, frente a otros, si no tiene una forma física de manifestarse. Sin embargo, si uno forma parte de la legión de reyes del espacio infinito en el Aleph global, es improbable que la totalidad de sus interlocutores puedan interactuar con mayores manifestaciones físicas que el teletexto. Uno, en este caso es en el espacio infinito. Uno está dentro confinado a la pantalla y los cables por los que fluye la información, y, como ser humano, uno no es más que un tipo de letra; un color de fuente, un número o cuenta en un servicio de mensajería. Y sin embargo, aún así, uno es conocido desde diversos ángulos. Uno es lo que dice; el texto, más allá de la manifestación física estándar. Uno es parte del Aleph y los demás, lectores y emisores, son partes del Aleph propio. Justo como Carlos Argentino puede ver a Borges y Borges a Carlos Argentino al mirar el Aleph, todos, en nuestros Alephs podemos vernos los unos a los otros y combinar ángulos para crear dicha totalidad; y al mismo tiempo, nosotros somos la totalidad.
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