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Parte Uno - Parte Dos - Parte Tres- Parte CuatroLas cartas obscenas que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino Y si continuamos con la discusión respecto a la identidad en el Aleph global, tenemos qué referirnos a la comunicación y la visibilidad de la misma. Borges puede ver, entre paisajes y ciudades, las cartas de Beatriz para Carlos. Dante buscaba a la misma Beatriz, en la Comedia. La obscenidad de las cartas, la búsqueda de Beatriz y de la información, todas ellas, son parte fundamental de lo que nos lleva a ser parte de la totalidad informativa del Aleph. En primera; la red de redes hace visible nuestra información, quizá incluso para interlocutores que no son parte del tren de comunicación que necesitamos establecer. Nuestra obscena comunicación, y nuestra letra, pueden causar escalofríos en la persona equivocada. En segunda; nuestra identidad dentro del Aleph global nos hace parte de la búsqueda de algunos, tal como algunos otros serán parte de nuestra búsqueda. En este intercambio de obscenidades o similaridades, el Aleph toma la parte de transmisor, y su manifestación física, simplemente de darnos el avatar de nuestros datos compartidos. Nosotros estamos ahí, manifestados en nuestra identidad como un flujo de texto, y somos parte de la visión holística y multiangular de otro interlocutor. Nuestras cartas obscenas son visibles para él o ella; y muchas veces para los demás. Todos podemos tener un registro global en las mentes de otros; ser la reliquia atroz de lo que realmente somos, parte del engranaje de la comunicación global. Vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como un espejo; vi todos los espejos del planeta, y ninguno me reflejó Y en este plano, uno es observado mientras observa. Nuestro Aleph es la racionalización exhibicionista del voyeurismo informativo. “Cada cosa era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde cada punto del universo. Vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como un espejo; vi todos los espejos del planeta, y ninguno me reflejó (…) vi a un tiempo cada letra de cada página, la noche y el día contemporáneo, vi a los sobrevivientes de una batalla enviarse tarjetas postales, (…) vi un astrolabio persa” El navegante de Internet puede verlo todo. Puede ver su locación como si viera un antiguo astrolabio persa, puede ver la información del mundo, imágenes y mapas, y a infinitos ojos verlo. Puede comunicarse de día con lugares donde es de noche, y reflejarse a sí mismo en los ojos de los otros, como un espejo que lo mira. Puede ver cada letra de cada página de cada volumen si sabe en qué punto de la infinidad confinada buscar, y puede, después de sobrevivir la batalla de cada día, enviarse postales con otros de igual suerte. En tal caso, puede concluirse, sin mucha paranoia, que la información que fluye en el infinito confinado del Aleph borgiano es esta red de redes, y esta edad de la información, donde todo, en espacios mínimos y al instante, está disponible para nuestro consumo informativo. Quizá, aunque resulta improbable, el mismo Borges observó en su Aleph, como un oráculo griego, los Alephs que tendríamos todos a disposición. Podríamos atribuir a los científicos la llegada de la comunicación instantánea, y el poder ver todo, desde todos los ángulos, de una vez. Podríamos exaltar la revolución multimedia y el almacenamiento digital como el nuevo Aleph. Y en Macondo, justamente, gracias a este trabajo mágico, el sueño de Melquíades ha sido cumplido. Hemos eliminado las distancias. Podemos ver el monte Fuji como si fuera una gitana a las afueras del pueblo. El pueblo, aislado como Macondo, aún no tiene acceso a esta magia. El ser humano, así mismo, tiene la tendencia a la individualidad y el aislamiento, a pesar, y a veces gracias a estas nuevas tecnologías. Si nos aislamos demasiado en el arte, la ciencia nos tomará por sorpresa. Si nos quedamos viendo la pantalla, el mundo real resultará infinitamente más colorido que como lo recordábamos, si acaso volvemos a salir (y no somos devorados por las cucarachas). Este aislamiento, estos adelantos, y la ciencia de la aldea global, por la que nos llegan todas las noticias, son como los gitanos de la posmodernidad. Los medios son la carpa, y a veces, entre sus contenidos entumecedores, se cuelan imanes o telescopios, mapas cartográficos, verdadero conocimiento. Es este el potencial de la era de la comunicación.
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