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"En la mesa, la carne humeaba aún, como víctima de un ataque terrorista, sobre los panes y el plato."V eía al agua devorarlo todo frente a él. Entumecido, esperaba que la inclinación lo devorara también. Salpicando, salivando inundación. El sueño era el mismo que todas las noches: el fin del mundo, la inundación gigantesca y ningún Noé que salvara a las parejas. Y si lo hiciera, seguiría solo como un leproso y moriría ahogado. Y lo merecía. Despertó jadeante y amarrado con la colcha. Era otra de esas noches. Dos o tres días después, en un restaurante de la localidad, devoró trescientos gramos de res molida y dos rebanadas de tocino, que inundaron el pan de grasa y sangre hervidas. Solo necesitaba untar mostaza. El trabajo, después de todo, lo habría matado antes que el colesterol. Y disfrutaría cada gramo obstruyendo sus arterias; oh deliciosa sinfonía de la decrepitud más obesa. Ven a nosotros, diosa de la obstrucción arterial, rezó, sin juntar las manos, en la mente, agradeciendo quince minutos menos de vida. Golpeó un poco la cajetilla de lights-mentolados-120s en el bolsillo izquierdo de su camisa, y le prometió a sus bronquios el postre. Su mirada seguía perdida mientras se acomodaba el cuello. Unió sus manos por detrás de su cabeza, formando el respaldo de la silla de ejecutivo que nunca tendría. Miró hacia fuera, y vio el asfalto empapado. Autos y camiones por igual saciaban la irónica sed de los pantalones y faldas paseantes. La orilla de las banquetas era un río psicodélico, con el amorfo reflejo multicolor del aceite como betún. En la mesa, la carne humeaba aún, como víctima de un ataque terrorista, sobre los panes y el plato. Dirigió su cuchillo a la mostaza; su boca, más húmeda que el lado exterior de las ventanas. Adoraba ser depredador. Algo más allá del colesterol y el sabor quemado de la parrilla lo motivaba a morder vaca tras vaca. Era él quien les cobraba el karma a esas desgraciadas. Se veía un brillo de emoción en sus ojos expectantes. Por un segundo, tuvo aquella tranquilidad, aquella satisfacción del triunfo que nunca, en realidad, habría podido alcanzar. No había despertado. Las columnas se desplomaban, en el centro comercial. La arquitectura pseudoclásica de papel maché no soportaba el peso de la culpa mercantilista, del liso pero denso plástico de la gente-advertisement. Era, de nuevo, el fin del mundo. Moriría ahogado entre las columnas del sacrílego templo de los mercaderes. Noé no había venido a rescatar a las parejas (ninguna de las del centro comercial merecía ser salvada; algunas, de pelo teñido y figura artificial, creían que flotarían gracias al silicón). Vio los cafés de precio sobreinflado hundirse; las figuras vestidas de diseñador ahogarse, enredados, hundidos por el peso del precio de sus ropas. El remolino se llevaba todo al caño. Ahora, también literalmente, la sociedad no era nada más que desechos en el excusado. Se sorprendió cuando despertó asustado, y no eufórico, de la destrucción del mercantilismo atroz. Encendió la televisión, y el noticiero derechista enjuiciaba a algún líder social, juzgaba a las víctimas de algún atentado imperialista, y promocionaba cantantillos de molde, entre anuncios de telenovela y shows para manipular mentes jóvenes. Entre la colorida decadencia de la mente, cambió los canales como si el control remoto fuera un piano. Estaba ya dormido, pero siguió oprimiendo los botones en una colorida, pero insulsa, sinfonía de luces y gritos hipócritas. Miró hacia la calle, esperando a que la carne enfriara. Había descansado, sin dormir, las últimas tres semanas. No tenía nada ni nadie que fuera razón para levantarse en la mañana, pero la oficina lo esperaba; a veces sin rasurar, a veces sin combinar colores, a veces sin despertar y manejando. Hacía ya meses que había dejado de interesarle. Tenía ya veintitantos años. Había dedicado al menos cuatro de ellos a aprender a no tener un alma propia. No recordaba la última vez que había tenido motivo para encender la computadora y dedicarse a algo productivo. Su foto de empleado del mes tenía ojeras. Su cuadro en un puesto medio del organigrama comenzaba a alojar moho. Recordó el reporte de calidad e imagen institucional que entregaría el martes. Cuando era joven, pensó, escribía historias sobre reinos, y fantasía. Siglos pasaban, entre batallas y campos de trigo. Ahora escribo cosas importantes. Reporte semestral de calidad en el servicio al cliente y la imagen corporativa. Estrategia de los siete hábitos de la gente altamente efectiva, aplicada a los objetivos de mejora continua y desarrollo sostenible. Objetivos de mercadotecnia para las oficinas en… Cubrió su presa con la tapa redonda de pan, y lamió el cuchillo lleno de mostaza. Recordó la noche anterior, y uno de los muchos teléfonos y pendientes en su agenda. Se soñó en un paseo frenético, entre la lluvia en una avenida inundada que sin duda no era Mónaco. La que conducía identificó el Cadillac blanco a la distancia, desde la lateral. Dio la vuelta por el carril externo, y, ante el sobresalto del copiloto, intentó seguirlo en una persecución paralela. Las calles mojadas reflejaban el hálito escarlata de los faros traseros de los carros que frenaban. En el cielo, las nubes bombardeaban, aún en formación, la ciudad gris y vacía. Sus oídos estaban ahogados por el ruido del motor, pero aún podía escuchar cada descarga, cada brillo que disolvía a blanco, cuadro a cuadro, el filme. En sus ojos, las luces traseras de los demás automóviles formaban líneas ininteligibles al moverse. Se refractaban en las gotas de lluvia muertas por el parabrisas. Miraba, entre los árboles del camellón, los reflejos de lo que parecía una armada de faros marchando en un paralelo psicótico. Ella intentó seguir al Cadillac blanco con el espejo de vanidad, pero las luces borraron todo reflejo. El espejo era precisamente así de inútil; resultaría igual de productivo maquillarse frente a él, mientras ella conducía, a ciento y tantos kilómetros por hora entre los baches de la avenida Principal. Seguía lloviendo. Sólo veía los faros reflejados en millones de gotas aleatorias. Decidió dejar de entender todo. Cerró los ojos y esperó el impacto. Lo despertó una explosión en el cielo, agitando sus ventanas como si fueran bolsas de supermercado. Se dirigió, temblante, a la alacena. Se sirvió Vodka, refresco de naranja, y alguna pastilla pseudoefedrina-clorfenamina-alcohol, y trató de fundir su mente a negro. La pantalla siguió negra toda la noche. No sabía si era posible soñar solo ruido blanco ambiental-música laboral programada para la eficiencia. No había compañía de cable con quién quejarse. Meditó. No pudo dormir sin la promesa de violencia destructiva. Y comprendió su deber. Empacó lo necesario en su automóvil. Reordenó sus cajones. Tomó un baño hirviente, y miró infomerciales en la tele; amenazas de una muerte solitaria a aquel que ose no comprar. Imaginó las olas del primer juicio, devorando a todos los infieles. Fantaseó con el fin de su trabajo. Pensó en años y años de mejora continua y motivación laboral que no hacían más que tratar de limarle la mente; dejarla suave como las uñas del manicure de la voz del noticiero. Y logró re-establecer sus objetivos de marketing. Todo estaba decidido. Por fin entendió el apocalipsis de cada noche, el Noé faltante, la inundación que devoraba todo, la velocidad de los árboles y las luces rojas. La vida se ha vuelto un trabajo más , pensó. Y es hora de renunciar. Emprendió la retirada en su arca. La calle, aún sumergida en las réplicas de la tormenta, ya estaba llena de miembros de la fuerza laboral y mercados meta. Estacionó el automóvil afuera de aquel restaurante que siempre le recordaba que iba al trabajo con el estómago un poco menos vacío que su espíritu. Decidió desayunar, fuera de horario. Ya estaba 4 horas tarde para el trabajo. Seguía lloviendo. No sabía la fecha ni la hora. Sonrió, agradeciéndose el día libre, y planeó el fin de semana, paso por paso, sin usar su palm pilot ni su pluma fuente. Miró a su víctima en el plato, expectante de incisiva muerte desde varios minutos atrás. Observó con hastío a una pareja en la mesa de junto, probablemente en su hora de comida. Pensó en los días que seguirían, en las llamadas del trabajo; preguntas sobre su ausencia, que no respondería nadie. No pudo evitar recordar los comerciales de la madrugada, mientras miraba a miles de personas moldeadas caminar, al unísono, en las banquetas resbalosas. Perdió la mirada hacia las nubes grises, hacia las gotas que se deslizaban sobre el vidrio, hacia los colores intensos de los semáforos y los cartelones de anuncios. Imaginaba el agua devorándolo todo frente a él, las columnas desplomarse, violentos choques en las avenidas. Esperaría a que la lluvia se detuviera. Había encontrado el arca que le salvaría de ahogarse. Hincó diente en su hamburguesa, y no pudo evitar un reflejo de sonrisa, cuando la sangre salpicó su camisa blanca.
Héctor Ortiz - Octubre de 2003
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